La hipocondría ¿es curable?

La hipocondría es una actitud, más que una enfermedad concreta. El hipocondríaco tiene una desproporción continua y grave de la atención hacia su salud, y eso amplifica su percepción de sensaciones y síntomas, lo que le conduce a un círculo vicioso de estar preocupado todo el tiempo.

Pero, ¿qué nos hace hipocondríacos? Estudios como el del Hospital General Kamitsuga (Japón) han apuntado la estrecha relación entre estos trastornos imaginarios y la depresión. De 86 pacientes depresivos analizados, 49 (un 57%) mostraban síntomas hipocondríacos. Pero también obedece a otras causas. Se puede dar en personas que estén sometidas a estrés o que tengan trastornos afectivos o basarse en un factor de aprendizaje, por imitación: sabemos que en familias con hipocondríacos hay más hipocondríacos.

Tendemos a pensar que el hipocondríaco es aquel que se pasa el día en el médico, y no siempre es así. Hay gente que visita mucho el centro de salud en busca de un diagnóstico que no ha sido todavía reconocido, cambiando continuamente de médico y haciéndose nuevas exploraciones, mientras que a otros les aterroriza tanto que les confirmen sus temores que no van al médico ni se hacen un simple análisis.

La hipocondría es curable, pero hay que pasar por un tratamiento. En términos generales, lo que se ha visto que funciona es la terapia cognitiva, que pone en contacto al paciente con los síntomas que percibe, tratando de desdramatizar. Por ejemplo, a pacientes asustados por tener manchas en la piel, hay que inculcarles la idea de que se pueden tener manchas en la piel sin que eso implique padecer un cáncer. Se trata de dar una clave para no asociar un sentimiento con un significado que realmente no tiene. La terapia cognitiva se ha mostrado muy efectiva en pacientes con lo que algunos llaman “ansiedad por la salud”, según un estudio llevado a cabo en Reino Unido por expertos de varias universidades.

Existen pensamientos funcionales que nos ayudan a pensar bien; y pensamientos disfuncionales, que nos crean problemas. La terapia cognitiva influye sobre nuestras reflexiones para conseguir que sean adecuadas y racionales en situaciones en las que no actuamos bien.  Las técnicas que se aplican en esta terapia son: relajación, para eliminar los síntomas de la ansiedad y proporcionar situaciones agradables; reestructuración cognitiva, para validar los pensamientos positivos y eliminar o infravalorar los síntomas débiles de la posible enfermedad; visualización de los pensamientos y presentimientos negativos sobre enfermedad asi como de la muerte; y, por último, mejora de la asertividad y la autoestima frente a quejas y lamentaciones.

En casos extremos, esta terapia no basta y hay que recurrir a la ayuda extra de los psicofármacos. Hay una hipocondría delirante, en la que el enfermo pierde el contacto con la realidad y las ideas que tiene son ilógicas. Los síntomas hipocondríacos mantenidos interfieren en la vida del paciente, le causan mucho sufrimiento, y pueden desembocar en ansiedad o depresión que de por sí requieran un tratamiento. Y estas sí que pueden originar síntomas reales. Sería lo que llamamos un efecto nocebo, al contrario que el efecto placebo: una preocupación psíquica que acaba generando alguna molestia física.

La vida moderna, lejos de ayudar al hipocondríaco, se ha convertido en su enemiga. Resulta difícil resistir la tentación de comparar síntomas y diagnósticos en Internet, donde si lee que una diarrea puede significar cáncer de colon el aprensivo deducirá que una diarrea implica siempre un cáncer de colon. Esta costumbre es tan habitual que los especialistas le han puesto nombre (cibercondría) y algunos alertan de sus peligros: un estudio de la Universidad de Baylor (Texas, EE UU) reveló que la incertidumbre que crea este exceso de información —sin matices y, en ocasiones, errónea— no hace sino incrementar la ansiedad.

El vivir atrapado en la hipocondría  es una espiral de angustia. Y puesto que nadie dura eternamente, más vale dedicar nuestro precioso tiempo a disfrutar en vez de malgastarlo sufriendo sin motivo.

Fuente: EL PAIS

 

 

 

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