Nuestros valores rigen nuestras decisiones y acciones

Aunque en muchos casos se habla indistintamente de valores éticos y morales, estos términos no tienen el mismo significado.

Los valores éticos son pautas de comportamiento que regulan nuestra conducta, tienen un carácter universal y se van adquiriendo durante el desarrollo individual de cada persona. En cambio los valores morales son aquellos valores que son transmitidos por la sociedad, en algunos casos vienen determinados por una doctrina religiosa y pueden cambiar a lo largo del tiempo.

Cuando se habla en este contexto de escala de valores se habla de un sistema de valores jerarquizados en el que se priorizan unos valores por encima de otros cuando existe un conflicto.

Las decisiones ponen en juego los valores, que a menudo son heterogéneos. De hecho, aunque no lo advirtamos, los criterios de nuestras decisiones son los valores. Por lo general terminamos adoptando la alternativa más valiosa y descartando la o las que entrañan menos valores. Todo ello, naturalmente desde nuestro punto de vista subjetivo. El asunto se complica porque nuestros valores no son siempre conscientes. Muchos de ellos yacen semicultos, si no es que sepultados en las profundidades del inconsciente.

Muchas veces no nos damos cuenta de los procesos de mimetismo social que nos llevan a tomar cándidamente como nuestros los valores ideológicos que enarbola nuestra sociedad, y a que vivamos convencidos de que lo que más nos interesa en la vida es la verdad, la justicia, la honradez, el altruismo, etc., y no percibamos que nuestros comportamientos no sintonizan con estas lindezas.

Pongamos el caso de un  católico que considera la alternativa de ir a misa en un domingo frío y lluvioso. Los valores en pro son la devoción, miedo a una ley que le ha enseñado que lo obliga bajo pecado mortal a oír misa los domingos o tal vez el temor de dar mal ejemplo a la hija que estudia en un colegio de monjas. En contra hablan los valores de la comodidad de quedarse calientito en su casa, el miedo a un resfriado, el deseo de sentir y practicar la libertad de conciencia.

Una decisión es razonable en la medida en que es adecuada para lograr nuestros objetivos. La distinción entre fines y medios o entre metas y caminos para llegar a ellas nos impone distinguir dos planos o niveles: el de los juicios de valor y el de los factuales o de hechos. Cuando se trata de seleccionar y definir los objetivos finales, tenemos los juicios de valor; en cambio, cuando se trata de las estrategias y tácticas para alcanzar dichos objetivos, entonces están en juego los factuales. Dicho en otra forma, y refiriéndonos ahora a las empresas, las grandes cuestiones de las  políticas involucran de lleno los valores, en tanto que las cuestiones administrativas se relacionan y manejan preponderantemente con elementos factuales.

La total y perfecta coincidencia de los valores y objetivos de una institución y los de cada uno de sus miembros es una mera utopía. La zona de divergencia o conflicto entre los valores de un empleado y de otro así como los de la institución afectarán las decisiones de dichas personas, tanto más cuanto menor sea el área común. Se puede crear divergencia también entre los valores de una organización y los de la comunidad humana en cuyo territorio está enclavada. Por ejemplo: Una fábrica decide ampliarse con una nueva línea de productos químicos que producirán contaminación de la atmósfera. De este modo, una decisión puede ser correcta organizacionalmente, pero socialmente incorrecta.

Dentro de una institución la relación que guardan los valores de los diferentes individuos con las consecuencias previstas de su actuación conjunta en un sentido o en otro, determinará que en el seno de los equipos se creen actitudes de cooperación, o bien de rivalidad y competencia. En las decisiones de carácter estrictamente profesional y técnico, el sujeto considera de manera ordinaria sólo los valores que caen dentro de su competencia.

Por supuesto el hablar sobre los valores no es un tema sencillo, que se pueda agotar en unas cuantas líneas como el presente artículo, es un tema sustancial y trascendente que debe de tocarse con mayor profundidad. Esto implicaría  hacer de los valores el objeto de un aprendizaje sistemático y de una reeducación. Hablando utópicamente, quizás si todos los seres humanos pasáramos por un proceso de clarificación de valores el mundo sería muy diferente al mundo actual que vivimos, pero se vale soñar.

Si quieres profundizar sobre el tema tratado aquí está el libro Clarificación de valores y desarrollo humano: estrategias para la escuela de Antonia V. Pascual Marina, Editorial Narcea.

 

 

 

 

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