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Cómo disminuir la ansiedad ante los exámenes orales

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Curación de Contenido por Gloria Remírez

Noviembre y diciembre son meses de turnos de exámenes en la universidad y, para un número importante de estudiantes, esa instancia se asocia a un estado de malestar emocional general y sensaciones de ansiedad, preocupación, angustia o la falta de confianza.

Estos síntomas suelen ser aun más marcados cuando se trata de un examen oral, una modalidad de evaluación habitual en las casas de altos estudios y generalizada en la UNC (Argentina) en carreras masivas como Derecho y Ciencias Médicas, u otras como Odontología y las vinculadas a las Ciencias Sociales.

Para disminuir la ansiedad y las conductas de evitación de los exámenes orales, un equipo de especialistas del Laboratorio de Evaluación Psicológica y Educativa (LEPE) de la UNC diseñó un tratamiento grupal que testearon durante tres años en estudiantes, con comprobada efectividad: quienes participaron registraron una reducción de la intensidad de la ansiedad, mayor tranquilidad y mejor manejo del malestar, entre otros efectos positivos.

“La ansiedad ante los exámenes es una respuesta emocional que se caracteriza por la preocupación recurrente sobre un eventual fracaso, porque el desempeño del estudiante en la evaluación puede afectar el logro de metas que considera importantes, o puede dañar su autoestima”, explica Luis Furlan, director del estudio mediante el cual se diseñó la intervención terapéutica.

El modelo emplea técnicas de mindfulness, terapia de aceptación y compromiso, y congnitivo-comportamentales, que aplicaron en diferentes grupos de estudiantes universitarios de distintas carreras con problemas persistentes para rendir exámenes orales.

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Ansiedad. (Foto: UNC)

A través de mediciones previas y posteriores a la intervención, constataron disminuciones estadísticamente significativas en las escalas de ansiedad ante los exámenes, emocionalidad, preocupación y falta de confianza.

La experiencia también le permitió a quienes rendían, tener un mejor desempeño, desenvolverse con mayor soltura durante la evaluación (inhibición de la expresión) y – aunque comparativamente en menor medida– “animarse” o decidirse presentarse a rendir (prosternación). “El entrenamiento puede ayudar, primero, a que no posterguen el examen y lleguen a rendir. Y una vez que lo hacen, se desenvuelvan mejor”, apunta el especialista.

“La intervención tiene un impacto importante en términos de reducción de los síntomas generales de la ansiedad. Quienes completaron la experiencia se benefician por haber participado de un espacio de escucha, compartir con otros lo que les pasa, y normalizar su sufrimiento”, agrega.

Furlan aclara además que niveles moderados de ansiedad son normales ante una situación de evaluación académica, pero esta puede transformarse en una fobia si adquiere dimensiones inmanejables. “El problema es cuando la ansiedad se incrementa de forma excesiva, fruto de especulaciones poco realistas e información parcial, basada en argumentos como ‘me dijeron que estuvo muy difícil el examen’, o ‘no voy a poder llegar’”, ejemplifica.

Evitar rendir un examen de manera recurrente tiene diversas consecuencias negativas. Puede impactar en un bajo rendimiento académico, demora o abandono de la carrera, además de otros efectos como la pérdida del grupo de referencia, vergüenza y culpa, y síntomas mentales que suelen ocultarse para evitar enojos o decepciones en el entorno familiar (ver Principales síntomas de ansiedad…).

Se estima que de cada 10 estudiantes, entre dos y tres tienen dificultades para gestionar sus emociones ante una evaluación, con un desempeño por debajo de lo que podrían, mientras que uno de cada 10 presenta dificultades persistentes para rendir. El dato surge de un estudio epidemiológico realizado en el marco del LEPE, un espacio de investigación de la Facultad de Psicología dirigido por Furlan, que desde hace 20 años se dedica a la realización de estudios de psicometría, y construcción y adecuación de instrumentos de medición a la población local (https://blogs.psyche.unc.edu.ar/lepe/).

Si bien existen diversas intervenciones terapéuticas relacionadas con la ansiedad ante los exámenes, la mayoría de ellas se realizaron en contextos de exámenes escritos y estandarizados, y no contemplan aspectos propios de la modalidad de evaluación oral.

“El examen oral supone habilidades específicas, como sostener el contacto visual, pedir aclaraciones, argumentar, regular la velocidad al hablar y reorganizar el discurso en función de una pregunta del evaluador. El déficit de estas habilidades contribuye al surgimiento de la ansiedad”, señala el especialista.

Para el tratamiento, el equipo de investigación diseñó un instrumento de medición multidimensional de la ansiedad de origen alemán, que readaptaron a las características socio-culturales locales.

El instrumento arroja un puntaje general de ansiedad, y evalúa cuatro parámetros: niveles de preocupación (“no voy a llegar”, “me va a ir mal”), emocionalidad (“me siento tenso, angustiado, con palpitaciones”), falta de confianza (“no voy a poder”) e interferencia o pensamientos ajenos al tema de estudio o situación de examen, que desenfocan de la tarea (“me olvidé la canilla abierta”).

La intervención puede impactar de manera diferente en cada una de estas dimensiones, por ello, miden el impacto promedio del grado de ansiedad, pero también su influencia en cada variable individual.

También construyeron otro instrumento que evalúa las conductas de evitación en exámenes orales (postergación e inhibición de la expresión). Ambos son aplicados antes y después de rendir, a fin de comparar resultados, junto con una serie de preguntas abiertas vinculadas a la experiencia del examen, principales dificultades atravesadas y recursos del programa que resultaron más útiles.

Para Furlan, el tratamiento aborda una de las puntas del problema, la del estudiante, pero destaca que es necesario también trabajar con los docentes en la creación de culturas evaluativas más amigables. “El clima que se crea en torno a la evaluación incide fuertemente en la respuesta emocional del estudiante. El examen puede ser complejo y exigente, pero debería transcurrir en un entorno lo más afable posible para el alumno”, advierte.

Una experiencia en ese sentido tuvo lugar el año pasado en la Facultad de Ciencias Químicas, donde dictaron un taller de formación destinado a docentes con el objetivo de promover prácticas de evaluación que favorezcan a la mejora de los climas, con énfasis en la calidad técnica y el diseño del examen. Por ejemplo, realizar preguntas sobre temas que han sido abordados durante las clases, o cuya complejidad sea progresiva.

El modelo elaborado por los especialistas de la UNC implica además un aporte al campo de la investigación en psicoterapia: si bien la ansiedad ante los exámenes es una temática que se viene estudiando desde hace tiempo, son muy escasas las investigaciones sobre cómo tratarla. “Estamos haciendo innovaciones respecto del modo de resolver el problema, y de la forma de investigar -de manera más experimental y aplicada- en el campo de la psicología, a nivel nacional y regional”, asegura. (Fuente: UNC/DICYT)