Prohibir o restringir el uso de teléfonos inteligentes en las escuelas secundarias puede reducir ligeramente el tiempo y los costos que el personal dedica a gestionar estos dispositivos, pero no parece mejorar de forma significativa la salud mental ni el bienestar de los estudiantes. Así lo concluye un estudio publicado en BMJ Mental Health, que analizó a 815 alumnos de entre 12 y 15 años en 20 escuelas de Inglaterra.
Los investigadores compararon centros con políticas estrictas, donde el uso recreativo del teléfono estaba prohibido durante la jornada escolar, con escuelas que permitían su uso en determinados momentos o lugares. Además de evaluar el bienestar de los estudiantes, calcularon cuánto tiempo invertía el personal en supervisar el cumplimiento de las normas, atender incidentes, aplicar sanciones y comunicarse con los padres.
Los resultados mostraron que las diferencias en la calidad de vida y el bienestar mental de los alumnos fueron mínimas y no alcanzaron suficiente evidencia para afirmar que las restricciones generen beneficios o perjuicios. Es decir, las políticas más estrictas no se tradujeron en una mejora clara de la salud mental.
En cuanto al trabajo del personal, tanto las escuelas restrictivas como las permisivas dedicaban una cantidad considerable de tiempo a gestionar el uso de los teléfonos. Sin embargo, las escuelas con restricciones parecían ahorrar algo de tiempo en supervisión y tareas administrativas, aunque invertían más esfuerzo en aplicar sanciones a quienes incumplían las normas.
En promedio, las políticas restrictivas representaron un ahorro estimado de unas 94 libras por estudiante al año, aunque esta cifra también presenta incertidumbre. Los investigadores consideran que estas medidas podrían ser rentables desde el punto de vista económico, pero no porque mejoren el bienestar de los alumnos.
Los autores advierten que el estudio tiene limitaciones importantes. Al tratarse de una investigación observacional, no puede demostrar que las políticas sobre teléfonos sean la causa directa de las diferencias encontradas. Además, los datos sobre costos provinieron principalmente de un solo directivo por escuela y las mediciones del bienestar se realizaron en pocos momentos del año.
En conjunto, los hallazgos sugieren que restringir los teléfonos inteligentes en las escuelas puede facilitar ligeramente la gestión escolar, pero, por sí solo, no es una estrategia suficiente para mejorar la salud mental de los adolescentes.
Referencias:
Título: Health economics analysis of restrictive school smartphone policies in secondary schools in England (SMART Schools).
Autores: Samuel J. Perry, Victoria A. Goodyear, Miranda Pallan, Peymane Adab, Sally Fenton, Maria Michail, Paul Patterson, Amie Randhawa, Alice J. Sitch, Matthew Wade y Hareth Al-Janabi.
Publicado en: BMJ Mental Health.
Escucha este artículo en audio a continuación:
