Cómo el cine de terror nos hace más fuerte

Cómo el cine de terror nos hace más fuerte

Un nuevo estudio publicado en Philosophical Transactions of the Royal Society B propone que las películas de terror resultan atractivas porque permiten a nuestro cerebro practicar la gestión de la incertidumbre en un entorno controlado. Aunque los monstruos y las amenazas no son reales, las emociones que provocan sí lo son, lo que convierte al terror en una especie de simulador psicológico.

Según los autores, esta experiencia puede ser gratificante porque activa el mecanismo de procesamiento predictivo del cerebro: una función que busca anticipar lo que ocurrirá a partir de las señales del entorno. Cuando una predicción falla, el cerebro ajusta sus modelos internos para reducir el “error de predicción”. Las películas de terror mantienen a las personas justo en el límite entre lo predecible y lo inesperado, donde el aprendizaje y la emoción alcanzan su punto óptimo.

El miedo, en este contexto, no solo genera adrenalina: enseña al cerebro a adaptarse y a recuperar el control frente a lo desconocido. De ahí que el terror funcione como una “tecnología afectiva” que manipula nuestras expectativas. Las escenas de suspenso, los sobresaltos repentinos y los clichés familiares —como la “última chica” que sobrevive— combinan sorpresa y familiaridad, ofreciendo la dosis justa de incertidumbre.

Ver terror también puede tener beneficios psicológicos y emocionales. Ayuda a entrenar la regulación emocional, ya que permite experimentar miedo sin peligro real, observar las propias reacciones físicas (como la ansiedad o el aumento del pulso) y aprender a controlarlas. Esto puede fortalecer la resiliencia emocional, de manera similar a la práctica de la atención plena (mindfulness).

Además, el estudio introduce el concepto de curiosidad morbosa: las personas pueden sentirse atraídas por el terror para obtener información útil sobre cómo actuar en situaciones peligrosas. Ejemplo de ello fue el auge de la película Contagio durante la pandemia de COVID-19, cuando muchos buscaban entender los riesgos de una crisis sanitaria.

Sin embargo, los investigadores advierten que no todas las personas se benefician por igual. En individuos con antecedentes traumáticos o altos niveles de ansiedad, el consumo frecuente de terror puede reforzar visiones negativas del mundo, generando un ciclo de miedo y desesperanza.

En síntesis, el terror cinematográfico no solo asusta: enseña al cerebro a convivir con la incertidumbre, a regular el miedo y a aprender de lo desconocido. Lo que parece un simple entretenimiento puede ser, en realidad, un sofisticado entrenamiento emocional para la vida real.

Referencias:

Título: Surfing uncertainty with screams: predictive processing, error dynamics and horror films.

Autores: Mark Miller, Ben White y Coltan Scrivner.

Publicado en: Philosophical Transactions of the Royal Society B.

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